El pluralismo político
Diego Calderón
La política es una realidad constitutiva de la sociedad y propia de nuestra condición humana. Por lo tanto, la responsable participación en la acción política se convierte en un compromiso y deber de todos los ciudadanos. En el presente contexto cultural han surgido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles que ponen en entredicho algunos valores absolutos e inalienables de la persona humana y por lo tanto de la sociedad, lo cual influye en la vida política.
Uno de los peligros más latentes es la idea relativista del pluralismo político. Existe una diversidad de partidos y movimientos políticos, algunos con propuestas y concepciones subjetivas sobre la moral, el bien común y el Estado. El error está en considerar las diferentes y contrastantes posiciones como igualmente verdaderas y dotadas del mismo valor. Así, un partido, amparado en la “libertad política”, puede promover el aborto y su propuesta debería ser admitida porque se la considera “válida y verdadera” como cualquier otra.
El principio de “libertad” o “tolerancia” política, concebido incorrectamente, parecería ser un absoluto que está por encima de los derechos primordiales del ser humano como el derecho a la vida. Entonces, nos preguntamos ¿cuál es el límite de semejante “libertad” y “tolerancia” política?
Un pluralismo político, en clave moral relativista, relega los principios inmutables de la ley moral natural y abre las puertas a la fuerza de la mayoría, que puede ser ciega e injusta cuando, por ejemplo, legaliza acciones que siempre son ilegítimas, como el aborto y la eutanasia. De esta forma emerge la ley salvaje del más fuerte y se oscurecen algunos de los valores objetivos y fundamentales de la persona humana convirtiéndolos en materia “negociable”.
Una concepción relativista del pluralismo político puede crear confusión y desorientación en algunas personas ante los procesos de participación democrática. En estas circunstancias, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una nota doctrinal con el título Sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (2002), afirma que los católicos están llamados a elegir las opiniones políticas que, según el propio criterio, son compatibles con la fe, con la ley moral natural y con las exigencias del bien común.
A la luz de dicho documento se esclarecen algunos criterios concretos y claves que pueden iluminar nuestro juicio a la hora de elegir entre las diversas orientaciones políticas.
El respeto por la vida humana, desde su concepción hasta su término natural, es un criterio primordial de juicio para optar por una postura política. Toda propuesta a favor del aborto y de la eutanasia atenta contra la vida humana. También forma parte de este primer criterio el respeto y la protección de los derechos del embrión humano.
Por otro lado, la conciencia cristiana bien formada no permite favorecer con el propio voto la realización de un programa político que contenga propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.
Otros criterios importantes y necesarios para la consideración en los procesos democráticos son: la tutela y promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad; la libertad de los padres en la educación de sus hijos; la liberación de la víctimas de las formas modernas de esclavitud (drogas, prostitución, etc.); la libertad religiosa; el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común; el respeto a la justicia social y la búsqueda de la paz, entre otros.
En conclusión, la persona humana y la promoción del bien común deben estar al centro de la acción política. Por lo tanto, los fieles laicos tienen un deber de participación activa, responsable y generosa, en la vida política según las formas, niveles y tareas correspondientes a cada uno. Dicha participación se orienta al desarrollo de los valores objetivos e inalienables de la persona humana, que están por encima de las concepciones y propuestas subjetivas en materia moral.
La política es una realidad constitutiva de la sociedad y propia de nuestra condición humana. Por lo tanto, la responsable participación en la acción política se convierte en un compromiso y deber de todos los ciudadanos. En el presente contexto cultural han surgido orientaciones ambiguas y posiciones discutibles que ponen en entredicho algunos valores absolutos e inalienables de la persona humana y por lo tanto de la sociedad, lo cual influye en la vida política.
Uno de los peligros más latentes es la idea relativista del pluralismo político. Existe una diversidad de partidos y movimientos políticos, algunos con propuestas y concepciones subjetivas sobre la moral, el bien común y el Estado. El error está en considerar las diferentes y contrastantes posiciones como igualmente verdaderas y dotadas del mismo valor. Así, un partido, amparado en la “libertad política”, puede promover el aborto y su propuesta debería ser admitida porque se la considera “válida y verdadera” como cualquier otra.
El principio de “libertad” o “tolerancia” política, concebido incorrectamente, parecería ser un absoluto que está por encima de los derechos primordiales del ser humano como el derecho a la vida. Entonces, nos preguntamos ¿cuál es el límite de semejante “libertad” y “tolerancia” política?
Un pluralismo político, en clave moral relativista, relega los principios inmutables de la ley moral natural y abre las puertas a la fuerza de la mayoría, que puede ser ciega e injusta cuando, por ejemplo, legaliza acciones que siempre son ilegítimas, como el aborto y la eutanasia. De esta forma emerge la ley salvaje del más fuerte y se oscurecen algunos de los valores objetivos y fundamentales de la persona humana convirtiéndolos en materia “negociable”.
Una concepción relativista del pluralismo político puede crear confusión y desorientación en algunas personas ante los procesos de participación democrática. En estas circunstancias, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una nota doctrinal con el título Sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (2002), afirma que los católicos están llamados a elegir las opiniones políticas que, según el propio criterio, son compatibles con la fe, con la ley moral natural y con las exigencias del bien común.
A la luz de dicho documento se esclarecen algunos criterios concretos y claves que pueden iluminar nuestro juicio a la hora de elegir entre las diversas orientaciones políticas.
El respeto por la vida humana, desde su concepción hasta su término natural, es un criterio primordial de juicio para optar por una postura política. Toda propuesta a favor del aborto y de la eutanasia atenta contra la vida humana. También forma parte de este primer criterio el respeto y la protección de los derechos del embrión humano.
Por otro lado, la conciencia cristiana bien formada no permite favorecer con el propio voto la realización de un programa político que contenga propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.
Otros criterios importantes y necesarios para la consideración en los procesos democráticos son: la tutela y promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad; la libertad de los padres en la educación de sus hijos; la liberación de la víctimas de las formas modernas de esclavitud (drogas, prostitución, etc.); la libertad religiosa; el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común; el respeto a la justicia social y la búsqueda de la paz, entre otros.
En conclusión, la persona humana y la promoción del bien común deben estar al centro de la acción política. Por lo tanto, los fieles laicos tienen un deber de participación activa, responsable y generosa, en la vida política según las formas, niveles y tareas correspondientes a cada uno. Dicha participación se orienta al desarrollo de los valores objetivos e inalienables de la persona humana, que están por encima de las concepciones y propuestas subjetivas en materia moral.
Aportado por: Mairim Peña
No hay comentarios:
Publicar un comentario